Azul

Dublín, Esteban

El Rey Ovidio IV ha fallecido esta mañana. El parte médico informó que fue imposible encontrar un donante con su tipo de sangre.

Preludios, Interludios, Minificciones.

Reina

Vazzano, Daniel

– ¿Cómo anda Don Inodoro? ¿Estuvo en la Tomatina en Valencia?
– No, me agarraron a tomatazos en el pueblo por un malentendido.
– ¿Y quién entendió mal?
– Yo, pasa que yeve a mi ahijada la Lucrecia al concurso pa Reina del Tomate Maduro.
– Pero esa chica no es muy linda.
– Y bueno no la quería desilusionar.
– Eso lo entiendo, lo que no entiendo es lo de los tomatazos.
– Vea Mendieta, el palco estaba hecho con cajones yenos de tomate, los escritorios del jurao también eran cajones, había tomates pa donde mire, y mi compadre el Indalecio, el papá de la gurisa, me dijo: Yo creo que pa que gane la Lucre vas a tener que tocar al jurao.
– ¡No me diga que anduvo coimiando!!!
– Ojalá hubiese entendido eso, pero no yo agarre pal lao de los tomates y me mande pa tras del jurao y le metí mano a la mujer del Intendente.
– Justo a la primera dama.
– Y si, fue la primera que encontré en el jurao. Y ahí se armó el revoleo.
– ¿Lo vio el Intendente?
– No, ¡pior!! Me vio la Eulogia. El primer tomatazo me dio en la jeta, el segundo lo esquivé y le pegó al Cura, los cajones siguientes fueron repartidos pa todos laos democráticamente, nadie se salvó. Quedamos todos coloraus como baragueta de ladriyero.
– ¿Se suspendió el concurso?
– No, cuando se acabaron los tomates se eligió la Reina del Tomate Maduro.
– ¡No me diga que gano la Lucrecia!!
– No, perdió en primera ronda. Le dijeron que era muy inmadura.

Concierto para madre e hija

Fulco, Omar

Mientras iba presurosa a su casa, pasaban por su mente las vivencias del día; imágenes y voces que la atormentaban. Apareció el “¡mi madre!” del primer cliente cuando la tuvo frente a él. Después, ese susurró al oído: “¡mamita te como toda!”. Quería llegar rápido a su casa. Faltaba poco. Ya caminaba por las calles del barrio humilde. Al ingresar a su casa, todo cambió; sólo escuchaba lo único que para ella tenía sentido cada día: el “¡Mami, Mami!” de su pequeña hija cuando iba a su encuentro y se fundían en un concierto de besos, risas y abrazos.

Franqueza

Lew, Sara

Algunas veces preferiría mentir y no mostrarme tal como soy, pero nadie me cree: hay algo en mí que me delata. Tal vez sea ese fulgor que torna púrpura mis ojos, el carraspeo de mi ávida garganta o ese chirrido de mis dientes acomodándose. No lo sé. El caso es que cuando digo la verdad es peor, porque ellos ya no tienen tiempo de escapar.

Tomar riesgo

Nasello, Patricia

—Te vas a morir de hambre.
—Eso está por verse —responde el árbol a los pájaros de mal agüero que lo miran pasar.

Locus amoenus

Roas, David

La tarde es deliciosa. Tras un largo día de calor, una leve brisa refresca el ambiente. Sentado en un banco del parque, disfruto a solas y en silencio de un momento casi perfecto.
El cuerpo de la niña se estrella a mi lado con su característico ruido de fruta madura. Miro hacia arriba. El segundo cuerpo –el de un niño esta vez- cae unos instantes más tarde, a pocos metros del banco. Después cae otro, y otro más. La tormenta ha empezado.

Distorsiones.Páginas de Espuma.

Aviso de extravío

Elphick, Lilian

Así que voy a hacer lo que creo mejor. Virginia Woolf.

He perdido mi imagen, la palabra, ese amor feble y fugaz; he perdido lo que nunca perdí: la sombra y la luz. También se han extraviado algunos granos de arena que guardaba en mis zapatos.
A quien los encuentre, por favor, no los devuelva.

Consecuencia

Cabrera, Rubén Faustino

Lanzó una imprecación, como si alguien lo escuchara. Levantó su puño derecho hacia el cielo, hacia el techo, en realidad, como si alguien lo viera. Tropezó con una silla mientras caminaba en círculos, furioso, por la habitación en penumbras.
¡Otra vez le habían cortado la luz por falta de pago!

Mal tiempo

Rocca, Roberto

El repiqueteo monótono de las gotas y los martillazos, desde la mañana hasta la noche.
Sentado en la galería, miraba cómo el otro, imperturbable y empapado, clavaba tabla tras tabla.
Sonriendo con suficiencia, dijo:
-No tiene sentido. Siempre que llovió, paró.
Noé se encogió de hombros y siguió trabajando.

Cincuenta Cuentos Mínimos.Editorial Tiempo Sur.